Cuando tenemos un coeficiente intelectual bajo o una autoestima baja engrandecemos pendejos.

 

Esta es la causa que haya tanto simio creyendo que son Barberos

Una de las cosas para que los mexicanos somos buenos, además de para inventar excusas, es para engrandecer pendejos; es decir, inflarle el ego a personas que carecen de intelecto, conocimiento, experiencia, habilidades o talento, pero que tienen alguna característica llamativa, como atractivo físico, dinero, actitud egocéntrica o comportamiento gracioso.

Si bien es natural que el ser humano admire a otras personas por su trabajo, habilidades o postura ante ciertos temas, en ocasiones nos volvemos aduladores de gente que carece de méritos y les dedicamos parte de nuestro tiempo y atención, pero, sobre todo, les otorgamos cierto poder y derechos que no merecen.

Claro, el engrandecimiento de idiotas no es un fenómeno exclusivo de México. Nuestro vecino del norte, por ejemplo, es un semillero de gente sin oficio ni beneficio que se vuelve famosa al instante, desde mujeres ricas que hacen estupideces en reality shows, como Kim Kardashian y Heidi Montag.  En México nos encanta inflarle el ego a cualquier persona que dé la impresión de ser superior en algo, ya sea que cumpla con los estándares actuales de belleza, que sea lo suficientemente segura de sí misma como para pensar que tiene talento o que posea algunas influencias como un cargo político o un empleo en los medios, en el mundo de la moda o hasta en el antro más popular del momento. Quizá por eso aquí se le llama “artista” a cualquiera que salga en la tele por estar musculoso o güerito y tal vez por eso nuestro país es una plataforma para que despegue toda clase de pseudo-actores, pseudo-raperos y pseudo-Barberos porque aquí hay gente dispuesta a darles sus cinco minutos de fama y crearles clubes de fans.

 

PERO, ¿POR QUÉ NOS GUSTA ENGRANDECER A GENTE ESTÚPIDA?

 

Cuando tenemos un coeficiente intelectual bajo o una autoestima baja estos idiotas glorificados provocan en las personas una mezcla de envidia y admiración, ya que, sin el mínimo esfuerzo, han conseguido tener todo o algo de lo que nosotros en secreto deseamos. Carecen de habilidades, inteligencia, cultura o talento, pero aun así tienen atención, atractivo físico y hasta dinero, mansiones y autos de lujo. Por eso celebramos lo que hacen, pero también nos da morbo y placer verlos en sus peores momentos.

Parece que eso lo sabía bien Imelda Marcos, primera dama de las Filipinas de 1965 a 1986, quien justificaba sus excesivos gastos y gustos extravagantes afirmando que tenía que verse como “un millón de dólares”, porque los pobres no respetan a los que ven iguales a ellos, pues necesitan tener estrellas a la cuales mirar desde sus barrios marginados. Tan segura estaba de sí misma que, cuando acabó la dictadura de su marido, unos años después regresó al país reanudando su carrera política.

Nos gusta, pues, admirar a personas fútiles con pose altanera y despreciar a quienes identificamos como iguales. Por eso convertimos en diva a una actriz mediocre como María Félix y halagamos su supuesta belleza y aplaudimos su actitud déspota, pero criticamos al “chairo” que interrumpió la entrega de los Premios Nobel de la Paz por “lucidito” y “payaso”. Quizá por eso ponemos atención a todo lo que Carlos Slim, “el gran hombre de negocios”, tenga que decir, pero criticamos y nos burlamos de las Marchas por la Paz del “farsante” de Javier Sicilia.

Lo grave de inflarle el ego a personas idiotas, dice Lauren Martin, es que además de volverlas ricas y famosas a costa nuestra les damos poder y derechos inmerecidos, o sea, les hacemos creer que son mejores que nosotros y que su opinión y presencia es más importante que la del ciudadano común. Es así que muchas de estas personas han llegado a pensar que tienen la capacidad y autoridad para aconsejar cómo deberíamos comportarnos o cómo debería funcionar el mundo.

Lea mucho para que desarrolle su coeficiente intelectual y cultive una autoestima sana...  Atte. Barberia El Regio®